Se enjambra el sonido, las palabras pierden su visión, y quedan mancas en la puerta de la catedral, aburrida con sus dos torres erectas como pirulí, canto de puercos mezclados con el incienso de sus entrañas, ¡ahí! padre... nuestro o suyo, o ¿de quien?, no me importa.
Meto, sumo, sambuto un puñado de histeria de la rotonda, en el hocico picudo de la artéria cáustica, junto a un monton de cadáveres no tan exquisítos he visto pasar una dama con ramas en los ojos, me habló con su sombra, me violó con su aliento, hoy reventaré a los leones al pasar lista.